La recuperación de esta lesión puede tomar un tiempo prolongado, ya que la rótula demora en consolidar entre seis y 12 semanas.
La fractura de la rótula es observada frecuentemente en los servicios de urgencia. Su comportamiento varía en función de la intensidad del trauma. Hay que recordar que la rótula además de desempeñar un papel importante como parte del mecanismo extensor de la rodilla, es un verdadero "parachoque" de la articulación femorotibial.
El desarrollo tecnológico y avance en los medios de transporte, sumado al incremento de la práctica deportiva sobretodo en pacientes con edades cada vez más avanzadas, son los responsables de un incremento en la incidencia de esta fractura respecto a hace algunos años. Por su frecuencia y secuelas invalidantes que resultan de esta lesión, se hace necesario tratarlas rápidamente con un diagnóstico certero.
El mecanismo de producción de estas fracturas suelen ser, casi siempre, por un trauma directo (golpe directo sobre la rótula) o, menos frecuentemente, indirecto (avulsiones por tracción violenta del cuadriceps). En ocasiones se da una combinación de ambos.
Deportes de contacto frecuentes en nuestro medio como el fútbol y el rugby, el esquí y el motociclismo asoman como los deportes de más riesgo para sufrir fracturas de rótula.
Por otra parte las fracturas de rótula pueden ser clasificadas según el trazo de fractura. Esto es: transversas, verticales, marginales, osteocondrales y conminutas. La más frecuente es la de tipo transversa.
Casi invariablemente se encuentra el antecedente de trauma directo o indirecto. Es clásicamente diagnosticado en los servicios de urgencia pues generan una incapacidad funcional con dolor casi siempre impostergable.
Al examinar se observa inflamación, limitación del movimiento articular, excoriaciones o heridas. Algunas veces se puede palpar movilidad anormal, crepitación, incluso un surco de separación entre los fragmentos fracturados.
Durante el examen físico se debe evaluar dirigidamente la capacidad a la extensión activa de la pierna (al menos contra gravedad), ya que de no poder efectuar ese movimiento tendrá una indicación de cirugía.
Una vez sospechada la presencia de fractura se procede a corroborar el diagnóstico mediante radiografías simples en posición antero-posterior, lateral y axial. Estas últimas ayudan a definir la presencia de fracturas osteocondrales.
Estudios imagenológicos adicionales incluyen la Tomografía Axial Computarizada, (TAC o Scanner) para definir la configuración exacta de los fragmentos que componen la fractura, y esporádicamente Resonancia Magnética, que es especialmente útil en fracturas por estrés (sobrecarga) en atletas jóvenes y en mecanismos combinados evaluar presencia de otras lesiones asociadas (Ligamento cruzado, Meniscos, fragmentos condrales, entre otros). 
El tratamiento de esta enfermedad puede ser conservador o quirúrgico. Sin embargo, durante la atención de urgencia se pueden tomar una serie de medidas importantes con el fin de reducir el dolor.
El tratamiento conservador es indicado en aquellos pacientes que conservan la continuidad del mecanismo extensor y en fractura no desplazada. Se debe inmovilizar en extensión por el menor tiempo posible por un periodo de tres semanas y luego comenzar una rehabilitación de acuerdo a la consolidación del hueso
El tratamiento quirúrgico tiene por objeto obtener la reducción anatómica, restaurar la congruencia de la superficie articular y la integridad del mecanismo extensor. Las técnicas quirúrgicas por lo general incluyen cerclajes con alambres.
Ya sea tratamiento conservador o quirúrgico estas fracturas consolidarán en un período de 6 a 12 semanas. Es importante que desde el inicio del tratamiento el paciente ya cuente con un programa de rehabilitación para que su reintegro deportivo una vez consolidada sea lo más rápido posible y la atrofia muscular asociada sea mínima.
Las complicaciones inmediatas más encontradas son aquellas en que se afectan las partes blandas vecinas a la fractura, entre ellas la infección. Entre las complicaciones tardías la rigidez articular es la más frecuente después de una fractura de rótula, por lo que se hace necesario establecer un programa de rehabilitación una vez que la condiciones del paciente así lo permitan, muy especialmente para reducir el grado de limitación articular. La otra complicación es la no unión de fractura, algo que es poco frecuente.